© Imagen propiedad de Esteve

Era una hermosa tarde de verano. El sol brillaba orgulloso en lo alto derramando su luz en olas por la superficie de la tierra. Los campos preñados de trigo ondeaban al ser acariciados por el viento mientras las cigarras hacían sonar su canción.

El padre y la hija caminaban por el linde entre las fincas. La niña correteaba nerviosa de un lado para otro mientras el padre la observaba divertido. Disfrutaban juntos de aquellos días eternos de verano, escapando lejos de la ciudad para buscar la luz de las estrellas; esa luz que desaparece del cielo de las urbes para mostrarse solamente a quienes se alejan del inerte reino del hormigón armado.

Aquel día era especial, aquel día la magia se extendía por doquier impregnándolo todo. La niña reía mientras perseguía mariposas de colores brillantes y su risa era como el tintineo de un cascabel invisible. En un momento dado, el padre se detuvo en un recodo del camino y después de inspeccionar el suelo durante unos segundos llamó a su hija.

– Violeta, ven, mira. Acércate muy despacio, sin hacer ruido, y podrás ver algo maravilloso.

La niña detuvo su carrera y caminó lentamente, paso a paso, hasta llegar donde estaba su padre. Entonces, se acuclilló en el suelo y vio que señalaba algo que se encontraba bajo una piedra.

– ¿Qué crees que es esto? – le preguntó él.

Ella lo inspeccionó cuidadosamente y dijo:

– Son como bolas – Y efectivamente, debajo de aquella piedra había unas cuantas bolas de color gris oscuro – ¿Y qué tienen estas bolas de especial? Solo están ahí pegadas debajo de la piedra – comentó la niña.

– Eso es lo que parece, ¿verdad? Sin embargo, generalmente nada es lo que parece, y si tienes un poco de paciencia, lo entenderás. Vamos a dejar la piedra boca arriba y a alejarnos un poco, y verás lo que ocurre – le contestó el padre con un aire de lo más misterioso.

Eso mismo hicieron; depositaron cuidadosamente la piedra boca arriba sobre el suelo y se alejaron un par de pasos. La niña contemplaba las bolas atentamente, no muy convencida de que fuera a pasar algo extraordinario cuando de repente, bajo la luz de sol aquellas bolas grises comenzaron a abrirse muy lentamente. Unas minúsculas patas emergieron del centro de cada una y se agitaron bajo la mirada atónita de la niña. Al cabo de unos segundos, lo que parecía unas simples bolas, corrían por el suelo en todas direcciones buscando un agujero donde esconderse.

La niña abrió desmesuradamente los ojos y gritó entusiasmada:

– ¡Es verdad! ¡son bolas mágicas! ¡están vivas!

– Violeta, te presento a los increíbles “bichos bola” – contestó el padre mientras se reía a carcajada limpia.

Retomaron de nuevo su paseo y al cabo de un rato, el padre volvió a detenerse, esta vez junto a unos arbustos de zarzamora. La niña, que aún estaba fascinada por las bolas que habían tomado vida milagrosamente, se acercó lentamente con una mirada expectante.

– Mira, hija, de nuevo vamos a presenciar algo mágico. Mira atentamente estas ramas y dime si ves algo extraño en ellas.

La niña pegó literalmente la nariz todo lo que pudo a las punzantes ramas y después de inspeccionarlas un rato largo finalmente concluyó:

– Papá, esta vez te equivocas, aquí solo hay hojas y ramas normales y corrientes, nada de nada mágico por ninguna parte.

– ¿Ah no? – contestó el padre – pues ahora verás – y diciendo esto, alargó la mano y agarró una rama muy finita de color marrón y se la puso en el antebrazo – ¿Qué dices ahora?

Violeta se quedó muda de asombro y durante un rato no pudo decir ni una palabra. La rama de la zarzamora acababa de cobrar vida y se movía lentamente, estirando con mucho cuidado, una tras otra, cada una de sus seis largas patas.

– ¿Quieres cogerlo? – le ofreció su padre, y cuando ella asintió con la cabeza, lo puso sobre su brazo.

La niña contemplaba extasiada aquel extraño ser fino como una vara, desplazándose por su brazo, mientras su padre decía:

– Hija, te presento al “insecto palo”, ¿qué te parece?

– ¡Es increíble, papá! – contestó ella cuando por fin recobró el aliento – ¡también está vivo, como los bichos bola!

– Eso es, y ni siquiera pudiste verlo aunque estuviste un buen rato mirando las ramas de la zarzamora, ¿no es cierto? ¿Ves como nada es lo que parece? Recuerda bien esto hija y no lo olvides nunca. Muchas veces tus ojos te engañarán, y tus oídos, y tus pensamientos. Entonces tendrás que aprender a mirar el mundo con otros ojos, con los ojos mágicos, ¿lo entiendes?

– ¿Y qué son los ojos mágicos? – preguntó la niña.

– Son los ojos de la gente que ha aprendido que las cosas, que las personas, que los acontecimientos que nos ocurren, muchas veces no son lo que parecen. Y esa gente puede ver y puede comprender lo que los demás pasan por alto, y eso los convierte en personas verdaderamente sabias.

– ¿Y yo podré llegar a tener los ojos mágicos? – preguntó la niña entusiasmada.

– Claro que sí, si te entrenas lo suficiente. Y entonces, realmente, verás lo que en realidad es y no lo que parece ser.

Muchos años más tarde, Violeta recordaba aquella tarde de verano tras regresar del funeral de su padre. Mientras sostenía una taza humeante entre las manos, suspiró y dijo en voz alta:

– Papá, lo recuerdo todo, todo lo que me enseñaste. De verdad parece que te hayas ido, te has escondido muy bien, como el insecto palo, pero sé que no es verdad y en algún momento cuando menos te lo esperes, te encontraré.

Y una noche soñó que su padre venía a verla, que paseaban juntos de nuevo por los campos en verano bajo una luz brillante y que hablaban sin palabras, y también supo que aquel sueño no era un sueño, porque había aprendido a mirar el mundo con los ojos mágicos.

© Victoria Cepeda

 

 

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4 Respuestas a Los ojos mágicos

  • Hola,

    Gracias por esta bocanada de aire fresco, como siempre he disfrutado leyéndote y como mi mente es muy imaginativa he visto cada detalle, a los bichos bolas, al insecto palo, y hasta muchos más detalles que mi imaginación introducía.

    Un beso!

  • Muchas gracias, Miguel… yo también, según iba escribiendo, podía percibir todo con los cinco sentidos… olores, sensaciones… me sentí transportada a esos días de la infancia donde todo se vive tan intensamente y cada descubrimiento nuevo es un milagro.

  • Preciosa historia, llena de ternura que nos transporta de nuevo a la infancia. Muchas gracias Victoria por compartirla, un saludo

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