(Imagen: acuarela sobre papel bambú – Rita Stone)

Era mariposa, pero también colibrí y eso hacía de ella una criatura con especiales dones.

Las noches oscuras del alma no le intimidaban. Ella poseía el conocimiento de la transmutación, pues había nacido tras una profunda metamorfosis. Una vez emergida, siempre contaba con el instinto del alma por guía, por ello su apariencia de colibrí, pájaro mensajero del disfrute y la valentía épica ante la vida.

Cuentan que durante un invierno planetario, el Señor de la Noche, apagó todos los luceros del cielo para dar un conocimiento al mundo. La humanidad se vio cautiva de las penumbras, todos habían olvidado quienes eran. En la oscuridad todos los gatos son pardos, dicen, también las personas, y cada quién no hacía más que ver su reflejo pardo en el otro. Las relaciones se endurecieron, por un tiempo sin tiempo, se libraron luchas intestinas entre los moradores del planeta verdeazul, pugnas por el poder basado en el miedo, ansias de control.

La humanidad estaba sumida en el sueño de la conciencia donde nada es lo que parece, un juego que habían olvidado que jugaban. Y así empezaron a inventarse historias de penumbra, de vista corta, o de verdadera oscuridad.

Mientras, ella dormía, arropada por los finos hilos de su crisálida. Escuchaba todo en silencio, parecía dormida, soñando muy lejos de aquí. Más lo cierto es que sonreía por dentro, porque ella no había olvidado el juego y su trama, y pronto habría de ofrecer su luz y su dulce vuelo, para demostrar con ello que habían otras posibilidades, unas más acordes con el espíritu celeste que anida en el interior del ser humano.

Un día de pronto llegó la primavera y con ella los primeros rayos de luz que habrían de iluminar la senda de la transformación humana.

Ella se removió, perezosa al principio, pero decidida después y poco a poco con delicadeza, fue desplegando su cuerpo nuevo, que ahora tenía unas alas aerodinámicas y un portentoso pico largo con el que habría de sorber el néctar de las flores.

Cuentan que al salir ella voló y voló libre, y al recibir un rayo del sol naciente, lo expandió sobre derredor, como si de un prisma se tratase, desparramando luces multicolores en una preciosa amalgama arcoiris.

Ella era la mensajera del cielo, portadora de la esperanza, la voz del fuego del espíritu humano verdadero.

Desde entonces, la luz se fue haciendo en todos los corazones, pero no una luz cualquiera, sino una combinación de colores. Cada cual tiene la suya y la de nadie es igual, porque cada quién tiene su mezcla particular y ha de aprender a combinarlos de manera armoniosa para encontrar su propio sentido y su sendero.

Juntas, las mezclas de cada uno, forman un precioso caleidoscopio que da origen a la belleza del cielo plasmada en la tierra.

© Rita Páez

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