La primera vez que lo vi, se acercaba hacia mi desde debajo de unos arbustos. Se arrastraba muy despacio, utilizando solamente las patas delanteras para desplazarse. Era tan pequeño que hubiera cabido en la palma de la mano, y estaba tan delgado que se podían contar las costillas una a una sin equivocarse. Encima del ojo izquierdo, medio cerrado, una calva en el pelo mostraba una herida abierta.

Aquel ser estaba destinado a la muerte, pero se escapaba lentamente de entre sus garras en un intento desesperado de quedarse a este lado del umbral. Su paso sería silencioso, apenas un suspiro que estallaría en un mundo sordo. Y ya está. Como tantos otros, tenía un pasaporte al otro lado tejido por manos humanas.

– A éste seguramente lo han tirado desde un coche. En esta zona lo hacen mucho. Antes, por lo menos se molestaban en parar el coche para dejarlos en la calle, pero como los vecinos empezaron a hacer fotos, ahora los tiran en marcha por la ventanilla. Al menos, parece que éste ha tenido suerte… ha encontrado un ángel de la guarda.

No la vi acercarse ni la vi marcharse. Tan misteriosamente como había aparecido, la mujer desapareció en cuanto desvié la vista un momento hacia los arbustos. La criatura se había quedado parada, seguramente exhausta, y me miraba directamente a los ojos. No podía apartar la mirada de aquellos ojos inmensos y extraños. Entonces, sentí una oleada de calor recorrer mi columna y comprendí: me estaba entregando su destino. Había utilizado sus últimas energías para acercarse a mí y gritarme su petición muda.

Supe lo que tenía que hacer. Me acerqué y lo recogí del suelo con mucho cuidado. No emitió ningún sonido y apenas se movió; cerró sus ojos y se durmió, completamente agotado. Lo apreté contra mi pecho y mi corazón comenzó a retumbar como un antiguo tambor que se sincronizara con la danza de la vida. Comencé a correr, a correr una contrarreloj en la cara misma de la vieja Muerte. Corrí por la eternidad de la arena que caía inexorablemente del pequeño reloj de su vida, corrí por los días y las noches que le quedarían por vivir, corrí por el reverso de las costuras de la crueldad humana y por entre las minúsculas tragedias que nadie percibe pero que hacen llorar a la tierra cristales transparentes de fuego. Tanto corrí, tanto… que llegué a alcanzar las orillas de luz de sus ojos.

Vivió. Lentamente, se fueron soldando sus huesos rotos y se fueron cerrando sus heridas, las de fuera y las de dentro. Y cuando estuvo completamente entero de nuevo, su alma comenzó a entonar una canción; la canción que el pueblo de los gatos entona cada noche desde el inicio de los tiempos.

Sí, era un gato. Su pelaje es negro como la obsidiana y tiene su mismo brillo. En el fondo de sus ojos dorados nacen y mueren galaxias repletas de mundos. Me llevó un tiempo entender que no fue él sino yo quien aquel día encontró un ángel guardián. Por su valentía, por su fuerza, por su victoria sobre la muerte y por la herida que casi le cuesta su ojo izquierdo, recibió el nombre de Odín, el más sabio de los dioses.

© Victoria Cepeda

 

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